A 30 años de surcar las tablas-aguas de Orinoco.

Este miércoles 24 de octubre se presenta en función doble: a las 11h y a las 21h, la obra de teatro Orinoco, original de Emilio Carballido, bajo la dirección del maestro Paco Marín y las actuaciones de las también maestras Bertha Merodio y Silvia Káter. El lugar que dará cabida escénica a éste, el río más grande de Venezuela y el tercero más caudaloso del mundo, es el auditorio Silvio Zavala Vallado del Centro Cultural Mérida Olimpo, y lo hará para dar continuidad a la pequeña temporada de homenaje que Silkateatro Andante, nodo fundacional de la Red Alterna, ha organizado para recordar que con este mismo montaje (“el mismo director, las mismas actrices, la misma pasión”) hace 30 años se abrieron las puertas de uno de los proyectos teatrales independientes más emblemáticos de la ciudad de Mérida: El Tinglado, donde llegaron a dar más de 100 representaciones de aquella primera puesta en escena.

El reestreno y la temporada de Orinoco fueron idea, según lo recoge Jorge Iván Canul Ek en su nota para El Diario de Yucatán (29/07/2018), de la maestra Káter, quien el recibir una invitación para participar en el Festival de Teatro “Emilio Carballido”, en Córdoba, Veracruz, se lo propuso al maestro Marín y a la maestra Merodio; la propuesta llevaba jiribilla: además de recordar la existencia de El Tinglado, conmemorarían al propio maestro Carballido, a 10 años de su partida; a Pedro Colmenares, creador del universo visual de la puesta en escena, a 15 años de su fallecimiento, y a Ligia Cámara, cuya música se sigue escuchando en el ‘Stella Maris’ (la embarcación que lleva a los personajes a su destino sobre el Orinoco), a 5 años de su mutis de vida.

Orinoco es una de las obras más significativas del teatro mexicano de la década de los 80’s en una de sus plumas más representativas. Carballido fue uno de los autores mexicanos que entre las décadas de los 50’s a los 70’s dio voz a las y los mexicanos cuando los escenarios nacionales parecían ansiosos de abrigar un teatro que nos hablara más de las grandes metrópolis y menos de nosotras y nosotros mismos. La suya es la generación que abrió las puertas a un teatro que pudo llamarse mexicano con todas sus letras, como ya lo venía haciendo con Rodolfo Usigli, de la mano de la tinta de Luisa Josefina Hernández o Sergio Magaña; empero, Carballido, al igual que Hernández y Magaña, fue un autor que supo renovarse y de algún modo romper con ésa misma tradición cuando sintió que ésta lo encorsetaba, y Orinoco, escrita en 1979 y estrenada nada más y nada menos que por Julio Castillo en 1982, fue la primera muestra de ello.

En alguna ocasión, la dramaturga Sabina Berman opinó que otra obra de Carballido: Rosa de dos aromas, era la primera obra feminista mexicana (Letras Libres, 30/04/2008); no tardarían aquellos que cayendo en mansplaining quisieron corregirle la plana a la autora de Entre Villa y una mujer desnuda y agregaron: escrita por un hombre. Corriendo el mismo riesgo, nos atreveríamos a decir que lo «feminista» ha sido un signo en la dramaturgia de Carballido de Rosalba y los llaveros y que, en todo caso, Orinoco, escrita y estrenada antes, quizás merecería mejor ésa consideración. Más aún, con Orinoco Carballido tomaba cierta distancia de aquellos textos que lo etiquetaron de “costumbrista” y, por ende, en cierta forma de ser más aristotélico, más stanislavskiano, para acercarse más a un teatro que sin llegar a ser épico o didáctico, sí tenía algo de brechtiano.

No es extraño, pues, que para su nota en Proceso (30/10/1982), Lya Engel escribiera después verla:

Hace tres noches que no duermo Estoy perdida en el barco perdido en el río Orinoco, con dos criaturas inconmensurables, maravillosas Dos coristas de tercera que navegan hacia un campo petrolero donde se van a presentar Van a cumplir un contrato, aunque tengan que presentarse en un burdel, porque si no lo hacen, Rico, el contratista, que se las gasta de aupa, ‘les raja la cara a las dos’. En cuestión de dos horas, lo que dura la obra en escena, mi vida cambió, Ya no soy la misma No salgo de la catarsis; no me es posible regresar a la realidad. Sigo encaramada en el mástil del barco, allí, donde la vista es mejor (…) juegan a ensayar, y juegan a cantar y a bailar, y a discutir sabrosamente, desesperadamente, poéticamente, en un lenguaje de dos coristas de tercera. Juegan al optimismo y al pesimismo, al desaliento y a la esperanza. Juegan al amor y a la fe. Son dos criaturas humanas perdidas en el juego de la vida, dentro de un cascarón de muerte. Dos criaturas, dos mujeres, heridas por la fatalidad, como en las obras griegas. Ellas mismas se refieren a ese contrato que se ha firmado, como algo horrendo y fatal; pero era la única opción para ellas. Dos mujeres que se apoyan una en la otra, que se protegen, que se complementan, que se aman.

Si en Rosa de dos aromas Carballido mostraría el sentimiento de rebeldía de dos mujeres burladas por el mismo hombre que hizo decir a Berman que aquella era la primera obra de teatro feminista mexicana, en Orinoco nuestro autor desvela ya desde antes un ingrediente igualmente caro al feminismo: la sororidad; esa hermandad posible entre mujeres, ese quererse, ese cuidarse entre quienes se saben explotadas por un machismo que no es sólo el de un hombre que se burla de sus corazones, sino que las explota, las humilla, las usa: las prostituye. No es extraño que con este texto tan revelador se inaugurara un espacio como lo sería El Tinglado, cuya fama y oficio trascendió las fronteras yucatecas, y cuyo recuerdo, atado al de las soberbias actuaciones de sus actrices, continuara fresco en la memoria de las muchas personas que lo habían atestiguado.

«Con la invitación, y tantos aniversarios que se cumplen, se me ocurrió invitar a Paco y Bertha a subirse al ‘Stella Maris’ –dice la maestra Káter en la entrevista a Canul Ek– y si ellos no aceptaban, yo también lo abandonaba.» Su tenacidad –dice Canul Ek–  (o terquedad, como dice Paco Marín, haciendo un juego de palabras con su nombre tras repetirlo varias veces) hizo que el proyecto se realizara a pesar de los impedimentos: falta de un espacio y falta de presupuesto. «El proceso es parecido a la obra por los obstáculos que suceden dentro de la trama. A fin de cuentas, Orinoco es una metáfora de la vida.»

Alejo Carpentier coincidía con el maestro Marín: «el Orinoco es una materialización del tiempo en las tres categorías agustinianas, tiempo pasado (el tiempo del recuerdo), tiempo presente (tiempo de la intuición) y tiempo futuro (tiempo de la espera).» Y en esta materialización, como dice el maestro José Ramón Enríquez (La Jornada Maya, 15/08/2018):

Podría decirse que el paso de tres décadas no ha hecho que las actrices olviden sus personajes, pero la realidad es que los dos personajes no han dejado ir a las actrices. Un día, con una sabia dirección que dotó a cada una de un tono propio, Fifí y Mina (…) tomaron posesión de Bertha y Silvia respectivamente para ya no soltarlas porque en ellas se hicieron carne y, en ellas, llevan treinta años viajando por el Orinoco hacia un burdel en una plataforma petrolera, la Pío XII, que no existe y comprendiendo que, como en el poema del gran Pedro Garfias sobre el Guadalquivir, también ‹›este río no va al mar, que va a la luna›.

En su columna ‘Panopticón cultural’, Ricardo E. Tatto (Milenio Novedades, 8/09/2018) escribió que:

La mancuerna y la química entre (Silvia Káter y Bertha Merodio) es inmejorable. Tal vez la memoria corporal o las resonancias del texto, provocan que sus actuaciones se perciban cándidas, orgánicas en sus procederes. El público sonríe, se echa sus carcajadas, pero también una que otra lágrima, ya que estos personajes son humanos, tal vez demasiado humanos, por lo que la empatía es inmediata. Sus temores, sus esperanzas y también sus amoríos se funden en un abrazo donde la pericia del dramaturgo nos recuerda porqué en el teatro mexicano no hay un autor que haya captado con tanta sensibilidad el universo femenino.

Fernando Muñoz (Por Esto!, 31/08/2018 y 4/09/2018), por su parte, diría que:

Treinta años después, ver y gozar a Bertha y a Silvia es un placer, ahora están en edad para representar esos personajes, a esas mariposas nocturnas de un ayer que no sabemos si existió o simplemente fue un invento de Agustín Lara y de las películas mexicanas de vedettes miserables como las que bailan mambo en Trotacalles, dirigida por Matilde Landeta. Hay más carne de actriz en el escenario, hay más experiencia y con ello, risas y lágrimas, momentos mágicos en los que los públicos se les han entregado por su excelente nivel de actrices. Como dice Amalia Aguilar: muchos zapatos rotos en los escenarios (…) Cada una de nuestras actrices yucatecas, está en su momento, en su tono, en su distancia y cercanía con el personaje y el público. No le temen al silencio de Fifí y Mina, como tampoco a su exaltado sentimiento de miedo o de esperanza.

Toca a usted, si no ha tenido la oportunidad de gustarla, de dar la última palabra; porque: «¡Falta lo más hermoso todavía!»

Obra: Orinoco | Autor: Emilio Carballido | Dirección: Paco Marín | Reparto: Bertha Merodio y Silvia Káter| Música original: Eduardo García Guerrero | Ejecución: Ligia Cámara | Arreglos: Érik Baqueiro | Escenografía: Érik Soto | Coreografía: Cynthia Sícaro | Diseño visual y programa de mano original: Pedro Colmenares | Asistencia técnica y general: Mariano OliveraRaymundo BarragánGenaro Payró, Pako Kantún, María José Pool |  Actualización del diseño de programa de mano: Mariana Estrella. | Fotografía: Arturo Gamboa de Aztlán.

Funciones: Miércoles 24 de octubre, a las 11h y a las 21h.

Teatro: Auditorio Silvio Zavala Vallado del Centro Cultural Mérida Olimpo.

RedAlterna

Comment(1)

  1. 26/10/2018Responder
    Bertha Merodio

    Grácias muchas gracias. gracias

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