2017-12-15
RedAlterna
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Palabras para mi gremio

Por: Majo Pasos (@SBelacqua)

Aunque el teatro es un arte colectivo, seguimos adorando a unos cuantos nombres como oficiantes de un antiguo rito, o los súbditos de un gobierno del que sólo sobresale la punta de la pirámide.

Hacemos listas y directorios con clásicos, modernos, consolidados, nuevos, novísimos, contemporáneos o jovencísimos creadores a los que admiramos y celamos en secreto. Pero esta lógica no es exclusiva del teatro. Es también la lógica, naturalizada por el capitalismo, del culto al individuo y a su único esfuerzo, inspiración y fama y bajo cuya mirada, cualquier colectivo no sería más que una serie de individuos agrupados alrededor de un líder.

Para responder ante esta imposición, y bajo el feliz pretexto del Día Mundial del Teatro, quisiera dedicar unas palabras a este, nuestro gremio. Pido a la sencillez que visite mis palabras, y que me libre de entrar en los bosques profundos de la retórica.

 

I.

Conocí el teatro gracias a un grupo de personas de cuyos nombres no puedo acordarme, por más que quisiera. Tenía 5 años y recuerdo cómo hacían surgir figuras de papel de un pequeño teatro donde podían caber todas las historias. Aunque fue uno de los recuerdos más felices de mi infancia, no volví a verlo ni a pensar en ellos sino hasta ahora.

Sobre todo, recuerdo la sincronía de sus manos, la agilidad con la que aparecían y desaparecían del teatrino escenarios en miniatura y dejaban paso a personajes, también sin nombre.

Muchos de nosotros descubrimos el teatro gracias a cómicos anónimos. Nuestras primeras fascinaciones no tenían que ver con sus nombres, sino con las historias que nos contaban sus cuerpos en escena. He visto un par de veces esa mirada de quien descubre por primera vez el poder de un escenario. Tiene algo de hipnótico. Su honestidad nos atrapa.

 

II.

No sé cuándo comencé a llenarme de nombres la cabeza. Uno a uno desfilaban teóricos, dramaturgos, directores y alguna que otra vez, actrices y actores. Caí en la ilusión de pensar que la historia del teatro era la historia de esos nombres. Pero ese índice no se corresponde con la práctica. La realidad es que el teatro no cabe en unos cuantos nombres y apellidos. En cada puesta en escena, más que la voz creadora de un genio, he visto hombres y mujeres llenando presupuestos, martillando maderas, transportando triciclos a la medianoche, remendando, bordando y lavando telas, enumerando parlamentos, repartiendo volantes y tecleando palabras en una pantalla en blanco.

¿Cómo decir que esto es lo que amo de nuestro gremio?

 

III

Cuando regresé al teatro, después de años de vagar por otros rumbos descubrí lo poderosa que puede ser Fuenteovejuna y lo difícil que es comprender esta hermosa idea: la idea de comunidad y no de un nombre. “Ésta es la última obra de mengano”, “este director, este dramaturgo” es mucho más común de escuchar que “este grupo, este colectivo”. Aunque en la práctica sabemos que ningún proyecto es obra de un sólo nombre, estamos acostumbrados a pensar en el talento individual que se destaca con negritas en un programa de mano.

Como parte de un grupo, muchas veces hemos tenido que enfatizar que nuestras decisiones e ideas no son de una sólo persona. Que hemos dejado de pensar en un líder porque cada uno de nosotros juega un papel imprescindible en nuestros procesos de gestión y creación de espectáculos escénicos. Lo hemos hecho muchas más veces de las que quisiéramos porque cuando nos preguntan de quién es la obra o quién tuvo la idea, sigue siendo necesario decir como Mengo a Esteban: Fuenteovejuna lo hizo.

 

IV

Pensar el colectivo y crear en colectivo es una práctica difícil, pero esencial en nuestro gremio. Afortunadamente vemos cada vez más la permanencia de grupos que de nombres y apellidos. La formación de redes, con sus tropiezos y sus aprendizajes, nos ha invitado a vernos cara a cara para discutir nuestras diferencias e identificar nuestros aciertos y errores.

El trabajo en comunidad, que nos convoca desde el teatro, implica también una renuncia a destacar como un individuo para trabajar a favor de algo mucho más grande: nuestros públicos.

Después de todo, como esos cómicos anónimos que me regalaron el teatro, quizá nadie recuerde nuestros nombres, pero sigan atesorando nuestras historias.

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